jueves, 4 de mayo de 2017

País en niebla


El verdadero horror es que nada ni nadie existe: todo está hecho de niebla.
Miguel Marcotrigiano



Poco a poco, la niebla nos fue invadiendo.
Nadie se asustó.
Incluso, muchos hasta la apoyaron, porque la sentían como un cambio refrescante y beneficioso para una ciudad calurosa, para un país del trópico.
Todo parecía normal.
Al principio uno la veía a lo lejos, como una nube que, en forma de isla, cubría el pico más alto de la montaña a cuyo pie está nuestra ciudad.
La vimos acostarse y deslizarse por sus laderas como una enorme culebra que, muy visible, las iba envolviendo con sensual lentitud.
Pero crecía cada vez más.
Y se convertía en múltiples manos, cuyos dedos, con mucha delicadeza cubrían, hasta desaparecerlas de la vista, a las casas y edificios.
Penetraba por las calles y avenidas. Tanto, que dejamos de ver las aceras cercanas.
Comenzamos a asustarnos cuando la vimos penetrar, como una tenue hoja de papel cebolla, por las puertas de entrada de cada casa y apartamento.
Y nos decíamos: Si fuera la oscuridad, que siempre asusta porque está en todas partes y no se va de ahí, pero, ¿la niebla?: la niebla, viene, pasa y se va.
Pero ésta, no.
Daba la seguridad de querer quedarse para siempre.
Fue  envolviendo las sillas, las mesas, las bibliotecas, los armarios, las camas.
Fue cubriendo los platos, las tazas, los vasos, los cubiertos, todos los enseres.
No hubo ni un objeto, ningún  ser que no quedara oculto por la niebla.
Incluso, nosotros mismos.
Poco a poco todos nos acostumbramos a alimentarnos con alimentos de niebla. A curarnos con medicinas de niebla. Y, hasta sentir que nuestra seguridad estaba en la niebla.
Pasaron uno, tres, seis, nueve, doce, quince y unos tres años más.
De pronto, Juanito, el bebé de nuestra vecina de piso, que comenzaba a gatear, sopló la niebla que le envolvía e hizo un halo despejado a su alrededor.
Por jugar con él, sus padres soplaron. Y crearon un espacio de luz.
Al empezar a verse las caras, no dejaron de hacerlo.
La niebla se replegaba, se alejaba.
Parecía temerosa del aire que cada uno tenía dentro de sí.
Cuando les vimos hacer lo que hacían, nosotros también soplamos. Y soplaron los vecinos del piso, los del edificio, los de la zona… Toda la ciudad sopló.
Para cuando la niebla sólo era una nube en forma de isla, que cubría el pico más alto de la montaña a cuyo pie está nuestra ciudad, todos a una la hicimos remontar.

            De ella, nos queda el recuerdo. Y la seguridad que, a cualquier niebla, por más pequeña que comience, no la tenemos que dejar avanzar.

Texto: cuento de Armando Quintero Laplume/  Ilustración: foto de Freddy La Cruz (Luna llena apareciendo en el Ávila)

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