jueves, 26 de mayo de 2016

Tres cuentos para los alumnos del Liceo Nº 3 Homero Macedo Gorosito de Treinta y Tres, Uruguay

 
El árbol de manzanas / O, una historia de cuentacuentos
 
 



El otoño estaba ahí, en la puerta de todos los huertos.

El aroma de las frutas a tiempo se desataba por cada uno de sus espacios.

―¡Qué sabrosa manzana! –exclamó el gurisito, mientras la saboreaba. Y agregó: Me la voy a comer toda: ¡hasta las semillas!

―No hagás eso –le dijo su madre, con firmeza. Las semillas no se comen. Te va a nacer un árbol de manzana en la barriga.

Ya había sucedido otras veces.

Ella que no, él que sí y siempre se salía con la suya.

Pero esta vez era distinto, era de pensarlo.

¿Cómo sería eso de un árbol naciendo en la barriga?

Recordó que el abuelo le había dicho que las cosas serias se hacen en secreto.

Así, sin que nadie lo notara, se fue hasta el centro del huerto de manzanos, donde había un claro. Se sentó allí. Y se tragó siete semillas que había escondido. Esperó.

Pasaron los segundos. Los minutos. Una hora. Dos. Tres.

Poco a poco comenzó a sentir un malestar en el estómago que se alargaba por todo el cuerpo. Miró sus manos. Los dedos se estiraban como ramas que se abrían y dejaban asomar sus brotes y hojas tiernas. Dio un brinco y se paró de golpe. Sus piernas se pegaron. Sus pies descalzos, desde los dedos, se enterraron en la tierra y, como raíces, se hundieron en ella.

Dejó de ser el gurí que había sido.

Era un pequeño árbol que crecía en el centro del huerto.

Floreció y tuvo frutos que nadie comió.

A su tiempo, alguien se encargó de podarlo con esmero.

Pasaron los días. Los meses. Los años. Uno. Dos. Tres.

Ya era un hermoso árbol de manzanas que se destacaba en el centro del huerto.

Lunas y soles intercambiaban sus jornadas como los meses, sus inviernos y veranos.

Abejas, mariposas y hormigas pululaban a su alrededor.

Los pájaros se posaban en sus ramas y lo sobrevolaban.

Un día comenzaron a construir sus nidos.

Pasaron más días. Semanas. Un mes. Dos. Tres.

Los pichones nacieron, crecieron y se fueron.

Apareció una oruga de colores que tejió con constante paciencia su capullo que, al abrirse, no dio vida a una mariposa, como era de esperarse, sino a un niño.

El niño fue mecido entre las ramas del manzano, gateó y se balanceó entre ellas, se protegió bajo sus sombras de lunas y soles, de fríos y calores, y se alimentó de sus frutos.

Creció escuchando las historias de Adán y Eva castigados por comer de la fruta del Árbol del Bien y del Mal; la de la Manzana de la Discordia de los griegos, donde tres diosas se pelearon por ella; la de Blancanieves que mordió a una que estaba envenenada; la de la manzana caída sobre la cabeza de Issac Newton, hasta la de Los Beatles y la de Apple Inc. También supo muchos de los dichos sobre ellas, como esos tan conocidos sobre las manzanas podridas o el de estar sano como una de ellas. O, como el que caen siempre cerca del tronco y hasta el de darle una a la maestra, sobre todo, a la más querida.

Y, ¡vaya novedad!, se hizo cuentacuentos.

Sus palabras y sus cuentos tenían un aroma de huertos de manzanos en la mitad del otoño. Y, ¡oh, maravilla!, siempre volaban como las abejas y los pájaros cuando abren las puertas y las ventanas hacia el corazón de todos.

La sonrisa del gato
            Muchos sabemos, porque lo leímos o nos lo contaron, que Alicia trató de alcanzar al Sr. Conejo cuando este se metió en la madriguera. Y que cayó allí.      

También sabemos que el túnel bajaba tanto que pensó que no llegaría a detenerse nunca. Nunca. ¡Nunca!… ¡Ay!

Lo que sí no sabemos es que sus pies se posaron, al fin, en un arenal. Frente a sí tenía un enorme espejo que reflejaba todo el acantilado por donde había salido.

Arriba, en su cima, se veía la pequeña montaña con el árbol a cuya sombra el Reverendo Mr. Dodgson aún seguía con la lectura de un nuevo libro que, en aquella siesta, compartía con ella y sus hermanas. Alicia gritó. Nada. Parecía que su voz no llegaba tan alto.

Desesperada buscó como subir más arriba.

A un borde del espejo, vio una tenaza que tenía un cartelito que ordenaba: “¡Aprieta el pie de la montaña!”.

Con la herramienta apretó una piedra que sobresalía desde la montaña y se hundía en la arena como un pie oculto.

El sonido de una puerta corrediza la hizo voltearse.

El espejo se abría como si lo hiciera una mano gigante o un mecanismo secreto.

El arenal daba paso a una playa que tenía amarrada, en un muelle, una pequeña barca con un cartel que indicaba: “Hacia la China”.

Alicia se montó en ella.

—El Reverendo Mr. Dodgson no me creerá esta historia cuando se la cuente —dicen que pensó Alicia. Y se alejó hacia el horizonte.

El pellizco de Lorina, su hermana mayor, la despabiló.

Alicia quiso narrar lo que había soñado pero fue inútil.

El reverendo, que venía contando la historia de un enorme y bellísimo gato que sonreía, con sólo mirarla, no la dejó hablar. Al menos, en ese momento.

Alicia se puso a escuchar y se admiró de las palabras de Mr. Dodgson.

Era tanto el poder de esa sonrisa —decía— que, aún sin su cuerpo de gato, la sola sonrisa seguía a la niña de aquel cuento que narraba.

—¡No puedo soportar la sonrisa de un gato que me siga a todas partes! —dijeron que comentó muchos años después, entre dientes, la Alicia que no era del cuento.

Más de una vez quiso abandonar el sueño en el que la habían metido. No era el suyo.

Quiso llegar al momento en que estaba adormilada en el acantilado a la orilla del río, tejer una corona de una cadena de margaritas y no hacerle caso al conejo blanco de ojos rosados que, a voz en cuello, se quejaba de la hora.

Sentía que él pasaría a ser más famoso que cada uno de todos los personajes de esa historia que les fue narrando, por capítulos, el reverendo Do…do… Dodgson, así, con toda su tartamudez, mientras navegaban junto con sus hermanas por el Támesis.

Recordó, eso sí, que en ese relato inicial de Alicia en el País de las Maravillas no lo mencionaba. Pero, desde que apareció, estaba segura que el Gato de Cheshire sería más famoso que ella. No se lo reclamó y asumió las consecuencias, muy sentida.

Pero siempre reconoció que, detrás de esa enorme sonrisa, se asomaba Lewis Carroll y no Charles Lutwidge Dogson, su inventor.

—Mi silencio y alejamiento ha sido mi pequeña venganza por dejarme en segundo plano, cuando todos sabían lo mucho que él me amaba.

En el rostro de Alicia Liddell se dibujó una sonrisa como la del Gato de Cheshire.

Con tanto poder que, aún, ha seguido ahí, más allá de todo cuento.
 
 
 
 
 
 

JUAN, JUANITA Y LA PRINCESA QUE NO REÍA
No todos los cuentos han de comenzar por “Había una vez”. Éste sí.
Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando.
Debajo del cielo un reino.
Con su bosque, su campo, su río.
Y su pequeña montaña.

En la montaña, un palacio con su torre.
Y, en la torre una princesa que no reía.
Sólo miraba hacia el camino.

La princesa era bondadosa y muy querida.
Y el reino era feliz… Bueno, casi.
Todos, desde su Rey, su Reina y hasta el más pequeño de los súbditos, se angustiaban con la seriedad de la princesa.

Las personas del reino hablaban mucho sobre ello.
Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico.
Otros, que era un mago que se había enamorado de ella y, al no ser correspondido, le impuso el castigo de vivir sin reír.
“No, la enamorada es la princesa.” –sostenían unos terceros – “Cómo se explica que siempre está mirando desde la torre: sólo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino”.

Todos los días llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían de todos los rincones del reino para alegrar a la Princesa Seria.
Algunos, hasta eran traídos desde muy lejanas tierras.
Pero ni aquellos, ni estos, lograban hacerla reír.
Ni le sacaban la más leve sonrisa.

¿Tú, reirías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias? Más bien, igual que yo, llorarías
¿Tú, lo harías con unos magos que te hacen siempre los mismos trucos con pañuelos, conejos y palomas? Te aburrirías mucho, ¿verdad?
¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos? Con tus nervios, no podrías reírte.
¿Y, qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes?
Pero, sigamos con el cuento.

Una mañana la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino.
Por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas de variados colores y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire.
Desde lejos.
Desde atrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva.
Los labradores dejaban de sembrar para reírse.
Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y de sus arneses para revolcarse, riéndose.

Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír.
Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas.
Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para reír y reír.

Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír.
Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo.

También, como has de suponer, todas las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos...

– Mmm... ¿Todas las personas?
– Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír.
Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores. El que uno de ellos, mejor dicho una, sea muy pequeña no le quita su importancia.
Eran Juan y su pulga mágica, Juanita.

Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita unos emisarios enviados por el Rey.
Temeroso que, como el príncipe azul, pasaran de largo por el camino, le llevaban una carta, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal del Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación.
Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino y guardada por muchas generaciones en la memoria de todos los abuelos y Cuentacuentos.

Los aplausos se iniciaron cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón. Cuando abrió la caja y Juanita –en malla de fino terciopelo y con su mejor falda de volados y lentejuelas – saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron.
Para repetirse ante cada uno de sus números.

Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta y bailó.
Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo.
Y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos.
Eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África.
Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples.
De frente, de lado y de espalda.

Entre aplausos, ¡hurras!, ¡vítores! y ¡vivas! cerraron su actuación con la ya famosa, "Canción Festiva"
Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar...
– ¿Mnnn...? ¿Todos?
– ¡Sí! Tienes razón, corrijo. ¡Todos, menos la princesa!

Juanita brincó desde la mesa donde saludaba a la falda de la princesa.
De inmediato, al centro de su pecho y de ahí a su hombro.
Luego, se acercó a su oído y le dijo algo casi en secreto.

La princesa, primero, se sonrió –leve, como toda una princesa – para, poco a poco, reírse hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas.

Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué fue lo que le dijo Juanita a la princesa.
Por suerte, el bis tatarabuelo de mi tatarabuelo –que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación – lo guardó muy bien en su memoria.

Él se lo dijo a mi tatarabuelo. Mi tatarabuelo al mi bisabuelo.
Éste a mi abuelo. Y, por él lo sé yo.
Juanita dijo:
– Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.

En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol o el pulgán. O, cómo se llame al idioma de las pulgas.
Pero no nos queda dudas que la Princesa, sí, lo hablaba. ¡Y de maravillas!

 
 
 

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