jueves, 4 de mayo de 2017

Puerta cerrada, puertas abiertas






Aquí estoy, detrás de esta puerta. La de mi habitación.
Y recuerdo.
Recuerdo cómo nuestros padres vinieron de un país de puertas cerradas. Recuerdo cómo disfrutaban de la libertad que encontraron en éste.
Recuerdo cuánto viajábamos a las playas de oriente. Recuerdo cuánto subíamos a la montaña a cuyo pie está la ciudad. Recuerdo cómo íbamos al gran parque, el del este. Y al otro, donde están los museos. Recuerdo cómo caminábamos por calles y avenidas solitarias.
También recuerdo que, poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejamos de hacerlo. E íbamos al parque de enfrente. Luego, sólo al parque del edificio. Y, por último, apenas me puedo asomar a la puerta de nuestro apartamento.
Ahora no puedo hacer nada de eso. Ni me permiten salir fuera de nuestra casa si no es acompañado. Y, últimamente, pocas veces salgo de mi habitación. Para no ver y sentir la cara seria de mis padres y el silencio que los arropa con su manto.
Afuera hay un mundo que no es como el mundo que siempre conocimos.  Afuera hay un mundo que no es mundo, porque tiene la voz y los gestos de la gente mal encarada que  muestra los dientes por cualquier cosa. Afuera hay colas por comida, por medicinas, por todo lo necesario. Afuera te roban, te secuestran y, con un poco de suerte, no te matan.  Afuera está el miedo: un mundo que es de otros.
Por eso, como una tortuga o un caracol, me he encerrado en mi propio caparazón. Y sueño bien despierto.
Sueño que abro las puertas de los libros que leo. Y me sumerjo en sus palabras e ilustraciones. Sueño que me monto en mi cama y, sobre la manta azul que la cubre, navego en un barco pirata o en una nave espacial. Sueño que entro en selvas enmarañadas o túneles muy profundos, pasando por debajo de ella.
Sueño que viajo a ciudades diversas dibujando casas y edificios que pego en cada pared. Sueño que soy otro y cambio mis franelas, pantalones y zapatos para parecerlo. Sueño que sueño en ventanas y puertas abiertas inventando canciones o sonidos diversos.
Hasta que, de pronto, dejo a un lado mis sueños porque huelo el verdor que me rodea poblado por el canto de los pájaros y el insistente chirriar de las cigarras.
Y veo cómo crece la hierba desde el piso, cómo florecen las flores y se elevan los árboles hacia un cielo bien azul que se abre, poco a poco, en el techo de la habitación.
Y, entonces sé, desde muy adentro, con total certeza, que siempre ha sido así y así seguirá siendo -al menos hasta ahora- hagan lo que hagan los hombres en la tierra. Porque sea como sea la hierba crecerá, florecerán las flores y se elevarán los árboles sobre los escombros y las ruinas, hacia el azul del cielo, eternamente abierto a todos y para todos.
Y vuelo, libre como un turpial, porque nadie logrará que me encierren dentro del espacio de mi propio corazón.

Texto e ilustración: Armando Quintero Laplume. El texto pertenece al libro Parábolas para tiempos nublados


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