martes, 16 de mayo de 2017

Tres nuevos textos de ABUELARIO





Las risas de Dios
—¡Ay, Padrecito! ¿Quién le ha dicho a usted que el Señor Dios es alguien tan serio que no se ríe nunca? preguntó de pronto mi abuela al párroco que hablaba con otras señoras, a la salida de la iglesia.
—¡Por las barbas de Nuestro Señor! ¿Qué cosas dice, Señora Dominga? —exclamó el mencionado. Y los colores se le subieron al rostro, mientras se iba apresurado hacia la sacristía, persignándose y refunfuñando algo que parecía en latín y no se le entendía.
Los ojos de mi abuelita brillaban como los de un gato en la oscuridad.
En sus labios se dibujaba una sonrisa parecida a la de La Gioconda.
Y, pasito a pasito, salió de la iglesia como si nada hubiera pasado.

Desvelos de verano
Dicen que en las noches calurosas de verano la abuela se desvelaba y recorría los pasillos del hotel.
O se sentaba en el hermoso patio español con su fuente y azulejos traídos en barco desde España.
En otras ocasiones visitaba la caballeriza, para ver si era necesario arreglar alguna rienda o montura. O, simplemente, para saludar al viejo Beralfiro.
Más de una vez, cuentan los que de estas historias saben, que se le oía comentar:
            —Es tanto el calor que, casi seguro, la luna va a bajar a refrescarse en la fuente, en el aljibe o en cualquier balde con agua.
            Y uno imaginaba a la Dama de la Noche bañándose en uno de ellos, asomando su piquito para respirar.

La muchachita del aljibe
En otras ocasiones, era ella la que se asomaba al aljibe del patio español, y luego contaba que había hablado con la muchachita que veía reflejada y que esta le preguntó:
—¿Qué esperas de la vida?
—Nada. Sólo quiero vivir y resistir. Por eso sueño, siempre sueño.

Textos e ilustración: Armando Quintero Laplume

lunes, 8 de mayo de 2017

Otro cuento de la abuela




La cara de El Negrito, mi primo navegante, era un poema. Su sonrisa, más abierta que de costumbre.
Había recordado con detalles otra de esas tardes de cuentos y conversaciones con la abuela Dominga.
—Mis recuerdos aparecen y desaparecen como las olas, pero siempre están aquí —me dijo, mientras con el índice tocaba el lado izquierdo de su pecho: En el mar de mi corazón. Hace unos días, un colibrí apareció en el balcón de la casa, revoloteó sobre mi cabeza y, de pronto, fue cuando recordé estas palabras de la abuela:
Nadie me lo ha dicho, ni lo he leído en ningún libro, pero sé que esto ha sido así. Tan sencillo, tan humilde, como un trébol que crece en un trocito de tierra. Las ideas estuvieron primero en los juegos, los sueños y el corazón de los niños antes que en los inventos de los hombres. Un niño que, observó a un puerco espín huir y deslizarse por la pequeña ladera de una colina, inventó la rueda. Desde ahí, fue más fácil pasar a las carruchas, los carros, los carruajes y luego los autos. Otro niño, que detuvo su mirada en una ballena flotando en el mar, luego, en un tronco seco deslizándose por un río y los peces nadando llevó a los hombres a la idea de los barcos y los submarinos. El vuelo de los pájaros y de las flechas lanzadas sembró en otro muchacho la idea de los aviones. La evolución de los medios de transporte, como ven, pasó por el asombro, los sueños, las preguntas, las ideas y, luego, la creación. No es lo único que quería decir. Quería ponerlos en aviso sobre unos detalles que son de cuidado y me salen del corazón. La educación es vital, pero no es la vida. La vida, la mayoría de las veces, nos da respuestas que no son las que nos muestran las escuelas. Ya han de saber que no todos los adultos aceptan a los niños y, algunos, ni los escuchan. Hay que entender que ellos han sido educados para hacer sólo cosas de adultos. Para muchos, las palabras de los niños, sus preguntas y observaciones no merecen ser atendidas. Son cosas de niños. Algunos adultos se han olvidado, otros quizás lo quieren olvidar, que una vez fueron niños. Y los niños, siempre se asombran, se dejan sorprender, se asustan como todo ser que ve la vida por primera vez, que está descubriendo el mundo. Aunque no creo en la verdad del académico que aseveró que la lógica de los hombres del paleolítico es como la lógica de los niños, me imagino estas escenas. Unos hombres primitivos en una caverna. Una palmera frente a la cueva. Una tormenta en la noche. Y un rayo que incendió la palmera. Uno de los hombres huyó bajo la lluvia. Otro se ocultó en lo hondo de la cueva. Otro, admiró la belleza sin acercarse. Otro, sí se acercó e intentó tocar aquel fuego.  Al fin, otro esperó el día para pintar en su caverna al rayo que incendió la palmera.
El hermano mellizo de El Negrito, regordete, con cabellos rojizos y pecas, dijo:
—La Nena se parece a la palmera incendiada.
Todos se asombraron de la ocurrencia. Porque la hermana mayor era delgada, alta y con una abundante cabellera rojiza. La abuela, luego de un silencio no muy largo, preguntó:
            —¿Qué pasó con los hombres de la cueva cuando resonó el rayo e incendió la palmera?
Las respuestas no se hicieron esperar, todas resaltaron las diferencias de aquellos hombres.
—Como bien lo dicen ustedes, cada uno es como es: el que huye, el que se oculta, el que contempla, el que se arriesga y el artista. Les pregunto ahora: ¿Qué imaginan que pasó al amanecer, luego que pasó la tormenta?
Recuerdo qué fue lo que le respondí a la abuela— me contó El Negrito:
—Todos volvieron a reunirse, necesitaban estar juntos para salir de cacería y poder desayunar. Además, con el osado que se acercó al fuego, podían cocinar sus alimentos. Eran una comunidad unida.

—¡Tú, siempre tan ocurrente! —me dijo la abuela. Tendrías unos cuatro años y medio cuando descubriste el reflejo de la luna nueva y me llamaste para decirme: ¡Pobrecita la luna, se vino a bañar en el balde y se durmió!

Texto e ilustración: Armando Quintero Laplume. El texto pertenece a mi libro ABUELARIO

jueves, 4 de mayo de 2017

Puerta cerrada, puertas abiertas






Aquí estoy, detrás de esta puerta. La de mi habitación.
Y recuerdo.
Recuerdo cómo nuestros padres vinieron de un país de puertas cerradas. Recuerdo cómo disfrutaban de la libertad que encontraron en éste.
Recuerdo cuánto viajábamos a las playas de oriente. Recuerdo cuánto subíamos a la montaña a cuyo pie está la ciudad. Recuerdo cómo íbamos al gran parque, el del este. Y al otro, donde están los museos. Recuerdo cómo caminábamos por calles y avenidas solitarias.
También recuerdo que, poco a poco, casi sin darnos cuenta, dejamos de hacerlo. E íbamos al parque de enfrente. Luego, sólo al parque del edificio. Y, por último, apenas me puedo asomar a la puerta de nuestro apartamento.
Ahora no puedo hacer nada de eso. Ni me permiten salir fuera de nuestra casa si no es acompañado. Y, últimamente, pocas veces salgo de mi habitación. Para no ver y sentir la cara seria de mis padres y el silencio que los arropa con su manto.
Afuera hay un mundo que no es como el mundo que siempre conocimos.  Afuera hay un mundo que no es mundo, porque tiene la voz y los gestos de la gente mal encarada que  muestra los dientes por cualquier cosa. Afuera hay colas por comida, por medicinas, por todo lo necesario. Afuera te roban, te secuestran y, con un poco de suerte, no te matan.  Afuera está el miedo: un mundo que es de otros.
Por eso, como una tortuga o un caracol, me he encerrado en mi propio caparazón. Y sueño bien despierto.
Sueño que abro las puertas de los libros que leo. Y me sumerjo en sus palabras e ilustraciones. Sueño que me monto en mi cama y, sobre la manta azul que la cubre, navego en un barco pirata o en una nave espacial. Sueño que entro en selvas enmarañadas o túneles muy profundos, pasando por debajo de ella.
Sueño que viajo a ciudades diversas dibujando casas y edificios que pego en cada pared. Sueño que soy otro y cambio mis franelas, pantalones y zapatos para parecerlo. Sueño que sueño en ventanas y puertas abiertas inventando canciones o sonidos diversos.
Hasta que, de pronto, dejo a un lado mis sueños porque huelo el verdor que me rodea poblado por el canto de los pájaros y el insistente chirriar de las cigarras.
Y veo cómo crece la hierba desde el piso, cómo florecen las flores y se elevan los árboles hacia un cielo bien azul que se abre, poco a poco, en el techo de la habitación.
Y, entonces sé, desde muy adentro, con total certeza, que siempre ha sido así y así seguirá siendo -al menos hasta ahora- hagan lo que hagan los hombres en la tierra. Porque sea como sea la hierba crecerá, florecerán las flores y se elevarán los árboles sobre los escombros y las ruinas, hacia el azul del cielo, eternamente abierto a todos y para todos.
Y vuelo, libre como un turpial, porque nadie logrará que me encierren dentro del espacio de mi propio corazón.

Texto e ilustración: Armando Quintero Laplume. El texto pertenece al libro Parábolas para tiempos nublados


País en niebla


El verdadero horror es que nada ni nadie existe: todo está hecho de niebla.
Miguel Marcotrigiano



Poco a poco, la niebla nos fue invadiendo.
Nadie se asustó.
Incluso, muchos hasta la apoyaron, porque la sentían como un cambio refrescante y beneficioso para una ciudad calurosa, para un país del trópico.
Todo parecía normal.
Al principio uno la veía a lo lejos, como una nube que, en forma de isla, cubría el pico más alto de la montaña a cuyo pie está nuestra ciudad.
La vimos acostarse y deslizarse por sus laderas como una enorme culebra que, muy visible, las iba envolviendo con sensual lentitud.
Pero crecía cada vez más.
Y se convertía en múltiples manos, cuyos dedos, con mucha delicadeza cubrían, hasta desaparecerlas de la vista, a las casas y edificios.
Penetraba por las calles y avenidas. Tanto, que dejamos de ver las aceras cercanas.
Comenzamos a asustarnos cuando la vimos penetrar, como una tenue hoja de papel cebolla, por las puertas de entrada de cada casa y apartamento.
Y nos decíamos: Si fuera la oscuridad, que siempre asusta porque está en todas partes y no se va de ahí, pero, ¿la niebla?: la niebla, viene, pasa y se va.
Pero ésta, no.
Daba la seguridad de querer quedarse para siempre.
Fue  envolviendo las sillas, las mesas, las bibliotecas, los armarios, las camas.
Fue cubriendo los platos, las tazas, los vasos, los cubiertos, todos los enseres.
No hubo ni un objeto, ningún  ser que no quedara oculto por la niebla.
Incluso, nosotros mismos.
Poco a poco todos nos acostumbramos a alimentarnos con alimentos de niebla. A curarnos con medicinas de niebla. Y, hasta sentir que nuestra seguridad estaba en la niebla.
Pasaron uno, tres, seis, nueve, doce, quince y unos tres años más.
De pronto, Juanito, el bebé de nuestra vecina de piso, que comenzaba a gatear, sopló la niebla que le envolvía e hizo un halo despejado a su alrededor.
Por jugar con él, sus padres soplaron. Y crearon un espacio de luz.
Al empezar a verse las caras, no dejaron de hacerlo.
La niebla se replegaba, se alejaba.
Parecía temerosa del aire que cada uno tenía dentro de sí.
Cuando les vimos hacer lo que hacían, nosotros también soplamos. Y soplaron los vecinos del piso, los del edificio, los de la zona… Toda la ciudad sopló.
Para cuando la niebla sólo era una nube en forma de isla, que cubría el pico más alto de la montaña a cuyo pie está nuestra ciudad, todos a una la hicimos remontar.

            De ella, nos queda el recuerdo. Y la seguridad que, a cualquier niebla, por más pequeña que comience, no la tenemos que dejar avanzar.

Texto: cuento de Armando Quintero Laplume/  Ilustración: foto de Freddy La Cruz (Luna llena apareciendo en el Ávila)

jueves, 26 de mayo de 2016

Tres cuentos para los alumnos del Liceo Nº 3 Homero Macedo Gorosito de Treinta y Tres, Uruguay

 
El árbol de manzanas / O, una historia de cuentacuentos
 
 



El otoño estaba ahí, en la puerta de todos los huertos.

El aroma de las frutas a tiempo se desataba por cada uno de sus espacios.

―¡Qué sabrosa manzana! –exclamó el gurisito, mientras la saboreaba. Y agregó: Me la voy a comer toda: ¡hasta las semillas!

―No hagás eso –le dijo su madre, con firmeza. Las semillas no se comen. Te va a nacer un árbol de manzana en la barriga.

Ya había sucedido otras veces.

Ella que no, él que sí y siempre se salía con la suya.

Pero esta vez era distinto, era de pensarlo.

¿Cómo sería eso de un árbol naciendo en la barriga?

Recordó que el abuelo le había dicho que las cosas serias se hacen en secreto.

Así, sin que nadie lo notara, se fue hasta el centro del huerto de manzanos, donde había un claro. Se sentó allí. Y se tragó siete semillas que había escondido. Esperó.

Pasaron los segundos. Los minutos. Una hora. Dos. Tres.

Poco a poco comenzó a sentir un malestar en el estómago que se alargaba por todo el cuerpo. Miró sus manos. Los dedos se estiraban como ramas que se abrían y dejaban asomar sus brotes y hojas tiernas. Dio un brinco y se paró de golpe. Sus piernas se pegaron. Sus pies descalzos, desde los dedos, se enterraron en la tierra y, como raíces, se hundieron en ella.

Dejó de ser el gurí que había sido.

Era un pequeño árbol que crecía en el centro del huerto.

Floreció y tuvo frutos que nadie comió.

A su tiempo, alguien se encargó de podarlo con esmero.

Pasaron los días. Los meses. Los años. Uno. Dos. Tres.

Ya era un hermoso árbol de manzanas que se destacaba en el centro del huerto.

Lunas y soles intercambiaban sus jornadas como los meses, sus inviernos y veranos.

Abejas, mariposas y hormigas pululaban a su alrededor.

Los pájaros se posaban en sus ramas y lo sobrevolaban.

Un día comenzaron a construir sus nidos.

Pasaron más días. Semanas. Un mes. Dos. Tres.

Los pichones nacieron, crecieron y se fueron.

Apareció una oruga de colores que tejió con constante paciencia su capullo que, al abrirse, no dio vida a una mariposa, como era de esperarse, sino a un niño.

El niño fue mecido entre las ramas del manzano, gateó y se balanceó entre ellas, se protegió bajo sus sombras de lunas y soles, de fríos y calores, y se alimentó de sus frutos.

Creció escuchando las historias de Adán y Eva castigados por comer de la fruta del Árbol del Bien y del Mal; la de la Manzana de la Discordia de los griegos, donde tres diosas se pelearon por ella; la de Blancanieves que mordió a una que estaba envenenada; la de la manzana caída sobre la cabeza de Issac Newton, hasta la de Los Beatles y la de Apple Inc. También supo muchos de los dichos sobre ellas, como esos tan conocidos sobre las manzanas podridas o el de estar sano como una de ellas. O, como el que caen siempre cerca del tronco y hasta el de darle una a la maestra, sobre todo, a la más querida.

Y, ¡vaya novedad!, se hizo cuentacuentos.

Sus palabras y sus cuentos tenían un aroma de huertos de manzanos en la mitad del otoño. Y, ¡oh, maravilla!, siempre volaban como las abejas y los pájaros cuando abren las puertas y las ventanas hacia el corazón de todos.

La sonrisa del gato
            Muchos sabemos, porque lo leímos o nos lo contaron, que Alicia trató de alcanzar al Sr. Conejo cuando este se metió en la madriguera. Y que cayó allí.      

También sabemos que el túnel bajaba tanto que pensó que no llegaría a detenerse nunca. Nunca. ¡Nunca!… ¡Ay!

Lo que sí no sabemos es que sus pies se posaron, al fin, en un arenal. Frente a sí tenía un enorme espejo que reflejaba todo el acantilado por donde había salido.

Arriba, en su cima, se veía la pequeña montaña con el árbol a cuya sombra el Reverendo Mr. Dodgson aún seguía con la lectura de un nuevo libro que, en aquella siesta, compartía con ella y sus hermanas. Alicia gritó. Nada. Parecía que su voz no llegaba tan alto.

Desesperada buscó como subir más arriba.

A un borde del espejo, vio una tenaza que tenía un cartelito que ordenaba: “¡Aprieta el pie de la montaña!”.

Con la herramienta apretó una piedra que sobresalía desde la montaña y se hundía en la arena como un pie oculto.

El sonido de una puerta corrediza la hizo voltearse.

El espejo se abría como si lo hiciera una mano gigante o un mecanismo secreto.

El arenal daba paso a una playa que tenía amarrada, en un muelle, una pequeña barca con un cartel que indicaba: “Hacia la China”.

Alicia se montó en ella.

—El Reverendo Mr. Dodgson no me creerá esta historia cuando se la cuente —dicen que pensó Alicia. Y se alejó hacia el horizonte.

El pellizco de Lorina, su hermana mayor, la despabiló.

Alicia quiso narrar lo que había soñado pero fue inútil.

El reverendo, que venía contando la historia de un enorme y bellísimo gato que sonreía, con sólo mirarla, no la dejó hablar. Al menos, en ese momento.

Alicia se puso a escuchar y se admiró de las palabras de Mr. Dodgson.

Era tanto el poder de esa sonrisa —decía— que, aún sin su cuerpo de gato, la sola sonrisa seguía a la niña de aquel cuento que narraba.

—¡No puedo soportar la sonrisa de un gato que me siga a todas partes! —dijeron que comentó muchos años después, entre dientes, la Alicia que no era del cuento.

Más de una vez quiso abandonar el sueño en el que la habían metido. No era el suyo.

Quiso llegar al momento en que estaba adormilada en el acantilado a la orilla del río, tejer una corona de una cadena de margaritas y no hacerle caso al conejo blanco de ojos rosados que, a voz en cuello, se quejaba de la hora.

Sentía que él pasaría a ser más famoso que cada uno de todos los personajes de esa historia que les fue narrando, por capítulos, el reverendo Do…do… Dodgson, así, con toda su tartamudez, mientras navegaban junto con sus hermanas por el Támesis.

Recordó, eso sí, que en ese relato inicial de Alicia en el País de las Maravillas no lo mencionaba. Pero, desde que apareció, estaba segura que el Gato de Cheshire sería más famoso que ella. No se lo reclamó y asumió las consecuencias, muy sentida.

Pero siempre reconoció que, detrás de esa enorme sonrisa, se asomaba Lewis Carroll y no Charles Lutwidge Dogson, su inventor.

—Mi silencio y alejamiento ha sido mi pequeña venganza por dejarme en segundo plano, cuando todos sabían lo mucho que él me amaba.

En el rostro de Alicia Liddell se dibujó una sonrisa como la del Gato de Cheshire.

Con tanto poder que, aún, ha seguido ahí, más allá de todo cuento.
 
 
 
 
 
 

JUAN, JUANITA Y LA PRINCESA QUE NO REÍA
No todos los cuentos han de comenzar por “Había una vez”. Éste sí.
Había una vez un cielo, con nubes, sol y pájaros volando.
Debajo del cielo un reino.
Con su bosque, su campo, su río.
Y su pequeña montaña.

En la montaña, un palacio con su torre.
Y, en la torre una princesa que no reía.
Sólo miraba hacia el camino.

La princesa era bondadosa y muy querida.
Y el reino era feliz… Bueno, casi.
Todos, desde su Rey, su Reina y hasta el más pequeño de los súbditos, se angustiaban con la seriedad de la princesa.

Las personas del reino hablaban mucho sobre ello.
Unos decían que una bruja le había dado a beber un elíxir mágico.
Otros, que era un mago que se había enamorado de ella y, al no ser correspondido, le impuso el castigo de vivir sin reír.
“No, la enamorada es la princesa.” –sostenían unos terceros – “Cómo se explica que siempre está mirando desde la torre: sólo espera el retorno del príncipe azul que una vez vimos pasar por el camino”.

Todos los días llegaban juglares, trovadores, magos, malabaristas y bufones. Venían de todos los rincones del reino para alegrar a la Princesa Seria.
Algunos, hasta eran traídos desde muy lejanas tierras.
Pero ni aquellos, ni estos, lograban hacerla reír.
Ni le sacaban la más leve sonrisa.

¿Tú, reirías con unos juglares y trovadores que cantan sangrientas historias? Más bien, igual que yo, llorarías
¿Tú, lo harías con unos magos que te hacen siempre los mismos trucos con pañuelos, conejos y palomas? Te aburrirías mucho, ¿verdad?
¿O con malabaristas que hacen girar numerosas pelotas, platos, palos, botellas u otros objetos? Con tus nervios, no podrías reírte.
¿Y, qué decir de los bufones, con esas figuras tan desiguales y grotescas como sapos enormes?
Pero, sigamos con el cuento.

Una mañana la princesa estaba en la torre mirando hacia el camino.
Por el sendero salpicado de florcitas del campo, mariposas de variados colores y pájaros revoloteando, se oyó un cantar que venía por el aire.
Desde lejos.
Desde atrás de las colinas que ocultaban el camino, casi antes del horizonte.

Era una canción muy festiva.
Los labradores dejaban de sembrar para reírse.
Los bueyes y caballos de tiro se desprendían de los carros y de sus arneses para revolcarse, riéndose.

Las aves detenían sus vuelos y se posaban de nuevo en los árboles, a reír.
Los caminantes no podían seguir con su marcha, por las risas.
Todos los animales de los campos y bosques salían de sus cuevas, refugios y nidos para reír y reír.

Los árboles y las plantas sacudían sus ramas y tallos, como si un viento interior las moviera: era su manera de reír.
Los peces de los ríos y de la mar cercana, se amontonaban en las orillas y en las playas, riendo.

También, como has de suponer, todas las personas del palacio, desde los reyes, hasta el más pequeño de los súbditos...

– Mmm... ¿Todas las personas?
– Bueno, la princesa seguía en la torre, mirando hacia el camino, sin reír.
Desde allí ya se veía al cantor de la canción festiva. Perdón, los cantores. El que uno de ellos, mejor dicho una, sea muy pequeña no le quita su importancia.
Eran Juan y su pulga mágica, Juanita.

Mucho antes de llegar a las puertas del palacio, se acercaron a Juan y Juanita unos emisarios enviados por el Rey.
Temeroso que, como el príncipe azul, pasaran de largo por el camino, le llevaban una carta, invitándolos a realizar una presentación para toda la corte.

Luego de comer, beber y descansar, a Salón Principal del Palacio lleno, Juan y Juanita realizaron su maravillosa presentación.
Registrada, luego, en el Libro de las Crónicas del Reino y guardada por muchas generaciones en la memoria de todos los abuelos y Cuentacuentos.

Los aplausos se iniciaron cuando Juan tomó la cajita y salió al centro del salón. Cuando abrió la caja y Juanita –en malla de fino terciopelo y con su mejor falda de volados y lentejuelas – saltó a la mesa, los aplausos recrudecieron.
Para repetirse ante cada uno de sus números.

Juanita saltó la cuerda, tocó la flauta y bailó.
Simuló los balidos de una oveja, los cantos de un gallo, los mugidos de una vaca, los aullidos de un lobo.
Y hasta hizo unos sonidos que asustaron a todos.
Eran los barritos de un elefante, que había aprendido a imitar cuando viajaron con Juan por el norte de África.
Dio numerosos saltos mortales, sencillos y triples.
De frente, de lado y de espalda.

Entre aplausos, ¡hurras!, ¡vítores! y ¡vivas! cerraron su actuación con la ya famosa, "Canción Festiva"
Todos aplaudían y reían, reían y aplaudían a rabiar...
– ¿Mnnn...? ¿Todos?
– ¡Sí! Tienes razón, corrijo. ¡Todos, menos la princesa!

Juanita brincó desde la mesa donde saludaba a la falda de la princesa.
De inmediato, al centro de su pecho y de ahí a su hombro.
Luego, se acercó a su oído y le dijo algo casi en secreto.

La princesa, primero, se sonrió –leve, como toda una princesa – para, poco a poco, reírse hasta culminar en el más sonoro estallido de carcajadas.

Todos los que escuchan o leen este cuento preguntan siempre si se sabe qué fue lo que le dijo Juanita a la princesa.
Por suerte, el bis tatarabuelo de mi tatarabuelo –que estaba de paso ese día en el reino, y asistió a toda la presentación – lo guardó muy bien en su memoria.

Él se lo dijo a mi tatarabuelo. Mi tatarabuelo al mi bisabuelo.
Éste a mi abuelo. Y, por él lo sé yo.
Juanita dijo:
– Bli bli bli bli, burulú bli bli, blum blam bli bli. Bli bli buruli blibli blumblam blibli.

En la familia, todos, siempre hemos lamentado no haber aprendido nunca el pulgués, el pulgñol o el pulgán. O, cómo se llame al idioma de las pulgas.
Pero no nos queda dudas que la Princesa, sí, lo hablaba. ¡Y de maravillas!

 
 
 

sábado, 6 de junio de 2015

CREO EN AQUILES NAZOA VIVO



 




Creo en Aquiles Nazoa siempre vivo, creador de gestos, acciones y palabras. Creo en ese hombre que, como Martín Tinajero, también tenía su corazón de miel. Aunque a veces picara, según se cuenta, con aguijón preciso. Como si fuera una avispa brava. E inteligente.

Creo en ese Aquiles lector. Tal como creo en el mágico vuelo en que nos embarcamos cuando lo leemos, por las múltiples referencias literarias de su Credo. Ese texto que leí,  por primera vez, hace cincuenta años, en una gran hoja de papel que llegó,  dentro de un tubo de cartón, a la casa de unos compañeros de mi pueblito de recuerdos. Había sido enviado desde esta Tierra de Gracia por un guerrillero que estuvo viviendo ahí, durante su exilio.  Sí, en la ciudad de Treinta y Tres, como a treinta y tres grados al sur y de donde salí con treinta y tres años ─casi por las mismas razones que el otro estuvo allá─ hacia estas tierras que uno y sus secuaces, a la vuelta de los años, están queriendo convertir en tierra de desgracias.

Creo en su humor tan venezolano, que se ríe de sí mismo y de su entorno. Como para que sepamos que la risa es cosa seria porque nos da, como la tristeza, razones de vida. Creo en su ternura, volcada en sus cuentos y poemas, ese río que fluye en aguas claras, transparentes, y del cual tenemos que beber, en sagrado día a día, para seguir viviendo.

Creo en su amor por las cosas sencillas ─improvisador, nunca improvisado─ que,  como las muñecas de trapos, los trompos, las perinolas, las metras y los gurrufíos, siempre abren puertas y ventanas en el corazón de los hombres.

En fin, creo en ti, Aquiles Nazoa que siempre estuviste del otro lado de las dictaduras. Como creo en la profundidad de tus palabras que llegan a todos, porque vienen de todos. Y que, además, nunca serán entendidas a cabalidad por los golosos del poder, los mentirosos y los falsarios. Y, ─¡oh, maravilla!─ no correrán el peligro de ser expropiadas por ellos.

Texto: Armando Quintero. Ilustración: para cuento de Aquiles Nazoa encontrado en Google

miércoles, 13 de mayo de 2015

Alberto y ella



Alberto se miraba en el espejo.

Detrás de él, apareció ella.

Silenciosa como siempre.

Alberto detalló el blanco casi glacial de ese rostro fino y alargado.

Como si una máscara de porcelana lo cubriera.

También observó la elegante capa oscura que caía desde sus hombros.

Dejaba imaginar, más que ver, un estilizado cuerpo, pálido y desnudo, apenas cubierto con un largo vestido, también oscuro.

—No me la había imaginado tan bonita –pensó.

Y se sonrojó ante la idea de que ella leyera sus pensamientos.

Ella lo miraba y parecía sonreírle. Coquetearle, más bien.

Hola –dijo Alberto. Sin voltearse.

Hola –respondió ella.

Estoy viejo. Ya tengo muchos años

—Nunca llegarás a los míos.

                        ¿Vienes a buscarme?

            Ella no le respondió.

            En esos segundos, pesados como años, Alberto recordó a El séptimo sello, la película de Ingmar Bergman que había visto varias veces en su juventud.

Pero también recordó que no estaban en la Edad Media, no habría una Peste Negra tan devastadora, ni brujas, ni Inquisición…

Aunque la inseguridad, tan desbordada en estos últimos años, nos mantiene a todos encerrados desde tempranas horas –pensó. Como si la Peste, las brujas y la Inquisición sólo se hubieran trasladado de siglo.

También recordó que, para colmo, él no sabía jugar ajedrez.

—Te propongo algo –dijo Alberto, mirándola de frente: Juguemos a La Vieja.

Los ojos de ella parecieron ponerse redondos como el dos de oro.

Era evidente que le gustaba el juego.

Después de varias partidas, ella no paró de ganarle.

Es que, como siempre, tú tienes la última jugada –le comentó Alberto.

Perdón, el último silencio –corrigió ella. El más largo de todos. ¿Nos vamos?

Alberto chequeó que todo estaba en orden: el dinero adelantado de dos meses en su sobre, allí sobre la mesa, junto a la carta donde le explicaba a la dueña sobre un largo viaje de negocios, impostergable, que iba a realizar. Y de su posible “no retorno al país”.

Salieron. Al cerrar la puerta, ocultó la llave bajo la alfombra de la entrada al anexo.

Subieron las escaleras. Pasaron la reja de salida a la calle.

Después de cerrarla, desde allí, con un pequeño brinco, lanzó la llave de ésta hacia la pequeña escalera de la casa de la dueña. Como siempre lo hacía cuando se iba de viaje.

Ambos se dirigieron, lentos y seguros, hacia el carro de Alberto, que estaba muy bien estacionado en la acera de enfrente.

Una luna llena los iluminó con todo su esplendor.

Parecían una pareja de enamorados.

Detrás de la celosía de su ventanal, una vecina los vio montarse en el carro azul claro y alejarse, calle arriba, por la urbanización. Sólo comentó para sí:

—Otra vez el viejo verde se va de fiesta con otra muchacha joven.
Texto: Armando Quintero. / Ilustración: escena de El último sello de Ingmar Berman.